Reisetagebuch. En Cuba. Nivel B2. Los pasados.

Cuba. 2009

El Malecón

Nada  más llegar al aeropuerto lo supe: aquel lugar me embriagaría (hier: begeistern für) de belleza, de su idiosincrasía, del lento pasar del tiempo. Enseguida tuve claro que dos meses se me iban a hacer muy cortos en esta isla del caribe.

En los primeros días en La Habana todo lo que veíamos nos parecía impresionante. Las pintadas por las calles en alusión (Andeutung) al Che Guevara, a Fidel Castro, a la Revolución… Los edificios, ahora en pésimas condiciones, que dejaban imaginar una época de glamour y esplendor (Pracht). La música, allí adónde quiera que fueras, te acompañaba durante todo el día, en la calle, en los transportes públicos, en el Malecón, por supuesto.  Pero lo que más me emocionó esos primeros días en un país que estaba tan lejos del nuestro, era lo fácil que era moverse y charlar (plaudern) con la gente en la calle. Acostumbrados a viajar por países como India, China o Japón, Cuba se nos antojaba (sich das Gefühl haben) bastante similar al nuestro.

El poder hablar el idioma de los locales me hacía sentir afortunada. Hasta llegar a Cuba, el idioma era el reto (Herausforderung) de cada viaje: hacernos entender y entenderlos.

En Cuba cada día me llenaba de la forma de sentir y de pensar de los cubanos. Muchos cubanos tienen raíces españolas y con orgullo (Stolz) nos contaban la historía de sus abuelos  y de qué ciudad española procedían. Así empezaban una conversación, cuando nos escuchaban hablar español e inmediatamente después nos preguntaban por la situación en España.

Después de unos días en La Habana empecé a dudar (unschlüssig sein) de cúal sería la mejor respuesta a esa pregunta. Si decíamos algo bueno, se hacía el silencio unos segundos y en sus rostros (Antlitz) se reflejaba la melancolía. Así que en ese momento añadíamos (hinzufügen) algo negativo sobre el gobierno de España y la economía, y les hablabamos de la crisis que estábamos pasando.  Así se sentían un poco mejor.

Eran pocas la noticias que recibían de fuera, por eso muchos nos preguntaban si teníamos periódicos españoles. Los trajimos, pero inmediatamente en el aeropuerto alguien nos los pidió y se los dimos.  Lo único que nos quedaba, eran lápices de colores (Buntestifte) y  cuadernos para colorear (ausmalen) para los niños, y también ropa para regalar, todo lo cúal fuimos repartiendo poco a poco por las ciudades en las que estuvimos.

Era difícil no hablar de política cada día. La gente estaba ansiosa por saber que pasaba fuera de Cuba. Cuando los cubanos bajaban el tono de voz en una conversación y al mismo tiempo miraban alrededor, era porque querían decir algo comprometido contra el sistema político.

No les faltaban razones para tener cuidado, ya que había muchos policías vigilando las calles sobre todo si los cubanos estaban hablando con turistas, para evitar que estos no volvieran a su países contando en que situación se encontraban los cubanos. Se quejaban, pero aún así (trotzdem) decían que la situación antes era peor.

 

Pero la vida en La Habana transcurría (verhegen) llena de música, de risas y de ron. Nunca se sabía que iba a pasar al salir de la habitación de nuestra Casa Particular en La Habana en la que nos alojabamos.

Un día conocimos a un chico que nos propuso ir a la La Casa de la Música. Al principio sospechamos (befürchten) un poco. Evidentemente tenía intereses particulares: ganarse unos pesos de comisión (Provision) por llevarnos allí. Pero en la Casa de la Música, además de tomarnos unos mojitos muy ricos.

Allí conocimos a un joven músico cubano super simpático. Nos invitó a ir con él a los ensayos de su grupo de música. Fue una experiencia única encontrar tanto talento en un pequeño garage destartalado (baufällig), improvisado como sala de ensayos (Proberaum) y con instrumentos que claramente se podían mejorar. Allí nos sentamos en el suelo a escuchar lo que tenían que ofrecer: un ritmo de rock cubano muy bueno.

Quedamos con el músico más de un día, mientras estuvimos en La Habana y nos adentramos (einsteigen) en la vida tranquila, alegre y de gente jóven con muchos sueños por realizar.

Las noches en el Malecón pasaban entre ron de mala calidad  y música de la mejor, así olvidan los cubanos sus problemas.

 

Las Playas del Este 
El Capitolio
 

Nuestro amigo el músico nos contó a que se dedicaba para ganarse un poco de dinero extra, porque de la música no se podía vivir, decía. Tenía un pequeño negocio ilegal vendiendo ropa de marcas americanas, que por supuesto conseguía de contrabando (Schmuggel). Y al parecer (anscheinend) no le iba mal porque por las calles de La Habana se paseaban muchos jóvenes de entre 15 y 19 años que llevaban camisetas de Dolce Gavana o de Adidas y que cada vez se asemejaban (ähneln) más a los jóvenes de España.

A pesar de que nosotros mismos vestíamos con ropas muy sencillas, ellos se acercaban y nos preguntaban de una forma muy inocente (naiv) si los chicos de España también llevaban ropa como la suya.

 Por supuesto, la respuesta era afirmativa y le decíamos que justo lo que ellos llevaban era lo que estaba de moda en nuestro país. En el fondo, sentí un poco de pena al comprobar que la sociedad cubana se estaba dejando influenciar por la cultura occidental.

Aquí os dejo este video sobre el ambiente (Atmosphäre) de noche y de día del Malecón de la Habana.

¡Viva Cuba libre!

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